Desde antes de que el ser humano empezara a caminar en dos patas, la evolución vino de la mano del aprendizaje. El aprendizaje nos permitió dominar el fuego, retener en la memoria los peligros de la naturaleza y la forma de sobrevivir asegurando abrigo, comida y protección contra los enemigos. El aprendizaje permitió establecer reglas de convivencia, porque era más fácil superar problemas colaborando y cooperando entre varios individuos que tratar de hacerlo solos. De estas reglas de convivencia y de diferentes hábitos culturales, del atesoramiento de buenas y malas experiencias fueron naciendo diferentes sociedades, luego civilizaciones, y más adelante, naciones.

La capacidad de aprender y retener en la memoria de las personas las experiencias buenas y malas, tiene relación directa con el progreso. Si no aprendemos, no evolucionamos, y si no evolucionamos, desaparecemos.

Hoy, todos los argentinos en general, y los productores inundados entre otros sectores en crisis, en particular, estamos dando examen como individuos, como familias, como empresas y como sociedad. Los problemas que nos aquejan son la prueba que debemos superar. Si los resolvemos haciendo las cosas bien, progresamos, mejoramos, prosperamos. Si nos equivocamos, retrocedemos, involucionamos, nos quedamos atrás, y sabemos que el mundo moderno es muy competitivo y no perdona el fracaso continuo.

Aprender es la clave

Los invito entonces en esta nota a que hagamos un balance de lo que sacamos en limpio de la crisis que vivimos (de algunos temas, al menos), y pensemos mucho más allá de las meras inundaciones y los bajos precios de la lechería, pensemos también en el momento que vive nuestro país.

Las fiestas hay que pagarlas
Yo tengo 56 años, y períodos como éstos ya recuerdo tres en mi vida: el de la época de Martínez de Hoz, cuando se viajaba a Brasil con precios regalados; la década del 90, cuando se instauró el “deme dos” en Miami y la década desperdiciada con el último gobierno; en todas las circunstancias hubo que terminar “pagando las fiestas”, o sea las situaciones en las que nos hicieron creer que podíamos vivir por encima de nuestras posibilidades o pagar precios irrisorios por el combustible, la energía y tantas cosas más que en el resto del mundo tenían el precio real. Y aprendí que, cuando alguien me venga a decir que tenemos derecho a vivir regalado o fuera de la realidad, me va a querer “anestesiar” para robarme y no me lo voy a creer nunca más, como no me lo creí nunca en los últimos años.

Pero cuando mucha gente se horroriza y habla del “feroz ajuste”, la gran pregunta es “¿Y qué esperaban? ¿Seguir viviendo en un mundo de privilegios y fantasía?, ¿No aprendieron nada en las anteriores mentiras?, ¿No tienen memoria?”.

Precios fuera de la realidad
Del mismo modo, si armo un sistema de producción apoyado en un hecho circunstancial como es el de tener combustibles o tarifas subsidiadas en momentos de supuesta bonanza o maíz castigado con retenciones, y no me pregunto ¿Qué pasaría si se sacan las retenciones y el maíz vuelve al valor de mercado?, ¿Cómo impactará esto en el sistema de producción que he armado?, ¿Cómo reemplazaré ese alimento o ingrediente que se podría encarecer?, o sea, si no defino un Plan B para salir de la situación irreal que estaré aprovechando y que seguramente no perdurará en el tiempo soy un inconsciente, y seguramente voy a terminar como muchos, agarrándome la cabeza y diciendo “¿Y ahora que le damos a las vacas?”, o pidiéndole al gobierno que salga a subsidiar situaciones de quebranto generadas nuevamente por los que nos vendieron una película de ficción.

Mirando tranqueras adentro para aprender

¿Cómo organicé mi empresa ante el anuncio de un posible año de Niño?, ¿Preví la posibilidad de hacer algunas reservas extraordinarias de alimento?, ¿las aseguré en lugares altos del campo para que no se mojaran?, ¿preví la posibilidad de tener lugares altos donde llevar la guachera, y al resto de los animales en caso de necesidad?, o por el contrario, fui demasiado confiado y optimista y seguí manejando todo como siempre.

Recuerden algo que ya dijimos en el pasado:
“Hay que esperar lo mejor y prepararse para lo peor”.
Esta actitud salva empresas.

¿Reservas o consumo diferido?
Con el paso del tiempo y la difusión del silaje de maíz y la suplementación, hablamos de “reservas forrajeras”, cuando en realidad, muchas veces, el alimento que estamos guardando es un diferimiento de comida que presupuestamos usar durante la campaña en marcha.

Una reserva es algo que guardamos para una situación extraordinaria, como los silos de sorgo que los abuelos o sus propios padres hacían, enterrando 20 hectáreas de sorgo picado bajo 50 centímetros de tierra para usarlos durante una sequía o un ataque de langostas y no tener que vender toda la hacienda.

Entonces, cuando planteamos una reserva forrajera extraordinaria, no hablamos del clásico chorizo embolsado de maíz, sino de un silo trinchera en un lugar alto que quede preservado para situaciones extraordinarias. Ah!!, y ya sé lo que van a estar pensando… ¿Cuál es el costo financiero de tener ese capital parado y enterrado esperando ser usado?, y les contesto, ¿Y cuál ha sido el costo de deshacerse de hacienda mal vendida para conseguir dinero para seguir trabajando?, eso tampoco fue gratis.

Mi gente, mi familia
¿Respondieron mis empleados en los momentos difíciles?, ¿hicieron el esfuerzo que se esperaba de ellos en las situaciones críticas, o por el contrario me “pasaron factura” de incomodidades o injusticias previas?. ¿Los cuidé y asistí para que nada les faltara cuando la situación se hizo difícil y no se podía llegar a los campos?, ¿traté de asegurar su salud y bienestar mientras se esforzaban por cuidar mi hacienda y hacer su trabajo?.

¿Me acompañó mi familia cuando pedí sacrificios, o por el contrario se mostraron críticos e indiferentes?, ¿Estuvieron dispuestos a ayudar?.

Yo como líder
¿Estuve a la altura de las circunstancias?, ¿Mantuve la calma y un liderazgo claro?, ¿agradecí el esfuerzo de los demás? Y, cuando la situación más complicada pasó, ¿fui lo suficientemente generoso para agradecerles a todos el esfuerzo que hicieron y el hecho de no haberme dejado solo?
¿Mantuve el ánimo y una actitud positiva para dar el ejemplo a los demás, o me quedé en el lamento quejoso que no resuelve nada y desanima al resto del equipo?

Conclusión, ¿Qué enseñanzas saco?
¿Qué cambiaré para la próxima vez?
¿Qué deberé afianzar?, ¿Qué temas charlaré y trataré de resolver con mis asesores?

Es obvio que ahora estamos con las finanzas al límite, pero de todos estos temas hay que guardar memoria, porque el error más común es que cuando la situación se acomoda nos relajamos, nos ponemos contentos, y seguimos trabajando como antes porque decimos “Total, va a ser muy difícil que algo como esto se repita…”, y sin quererlo empezamos a construir la próxima crisis.

Así que amigos, ya que la pasamos mal, que al menos nos sirva para consolidar nuestras empresas, familias y equipos de trabajo y salgamos más fortalecidos que cuando empezamos esta historia.

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